Fantasías sobre la realidad y ocurrencias varias







lunes, 18 de julio de 2011

JUAN JOSÉ CARDONA EN ESTADO DE GRACIA

Igual me arrepiento dentro de poco pero hoy tengo que reconocer que me está gustando la forma de actuar del alcalde de Las Palmas de Gran Canaria. Mi natural optimismo me lleva a contemplar este prodigio como un motivo para la esperanza y no como un signo del Apocalipsis, que es lo que sugiere mi muy cultivado pesimismo. ¿Será verdad que tenemos delante a un político capaz de liderar un cambio real en la democracia de nuestra ciudad o será un espejismo de tantos que nos distraen con el único objeto de robarnos la cartera?
El caso es que está haciendo lo que no recuerdo haber visto en mucho tiempo en política: está dando explicaciones y animando de forma inequívoca la participación ciudadana. Y, lo que es más importante, lo está haciendo sin mostrar miedo ni asco. Podría decirse que bajarse de una tarima para responder al público en general y a los indignados en particular es una técnica facilona en la que cualquier coach te pone al día en un pispás y que a la mayoría de los indignados se les deja sin argumentos con un pequeño breviario ad hoc tal como hizo Soria no hace mucho. Podría argumentarse también que su artículo de hoy en el periódico sobre la financiación de eventos culturales en la ciudad y su ofrecimiento de propiciar un debate serio sobre la cuestión no es sino una maniobra publicitaria para adelantarse a las críticas por los recortes que se avecinan. Podría decirse todo eso y probablemente mucho más y quizás nunca sepamos si es verdad o no.
Pero lo que sí es cierto es el mensaje que transmite el subtexto y que es bastante más difícil de manipular que el del texto principal. Ese mensaje va pregonando, sin megáfonos ni consignas, que es capaz de hablar con quien sea y de escuchar a quien haga falta con la única exigencia del respeto mutuo. A muchos capitanes sus hombres les han seguido a una guerra por menos. Quiero pensar que ese carisma que está empezando a mostrar no sea un artificio y que sirva para aglutinar a esta ciudadanía desencantada en un verdadero proyecto común. Ese sí sería un auténtico logro y no el de la capitalidad cultural europea.

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