Fantasías sobre la realidad y ocurrencias varias







lunes, 13 de febrero de 2012

ECONOMÍA SUBVERSIVA VII

Hoy la prensa económica se deshace en comparativas del coste del despido en España frente al del  resto de  países de la CEE y, oh, sorpresa! Resulta que es el más caro de todos. Desproporcionadamente caro. Pero esto nunca ha sido un secreto, lo que ocurre es que conviene airearlo ahora para que la reforma laboral “se entienda” mejor. Que maravillosa sintonía la de los periódicos y el Gobierno. Dan ganas de creer en la sincronicidad de Jung, en la existencia de las almas gemelas y en el retorno de Elvis, todo al mismo tiempo.

Ya tuvimos hace poco una señal de que prodigios como este se sucederían antes del advenimiento de la Reforma, cuando nuestro presidente presumía en Bruselas de lo que esta medida significaba. “ME va a costar una huelga general”, decía él tan ufano, con una sonrisa en toda la cara. No le va a costar al Gobierno, no nos va a costar a los españoles (que seremos quienes la paguemos en forma de días descontados y de cajas sin hacer), le va a costar a Él. Y lo dice con el mismo tono satisfecho del que dice “este deportivo de marca me va a arruinar en gasolina”. Habrá quien lo tome por un lamento, pero en realidad es jactancia. Y es que no hay nada mejor para apuntalar el recién adquirido prestigio en el patio del recreo de los chicos mayores que ir diciendo: “Soy tan presidente, pero tánto, que me hacen una huelga general. Chincha y rabia.”

Con tantas señales, tanto toque a rebato de campana y tanto ángel exterminador en la judicatura me había hecho ilusiones de que esta vez la cosa iba en serio. Pero por lo que van destilando a cuentagotas los medios, que en su sabiduría administran y dosifican la información, lo que tenemos delante no es el fuego purificador de un apocalipsis que devore los andamios podridos de unas estructuras desvencijadas, es solo otra vuelta de tuerca al mismo andamiaje chirriante. El despido seguirá siendo carísimo, tendremos más legislación, nuevos tipos de contrato, nuevas complicaciones y para rematar, rizando el rizo, el paro será compatible con el trabajo. Más peso para la estructura y más peligro para todos. En resumen: un disparate.

Ya está bien de tanto paternalismo. Si no nos podemos permitir negocios ineficientes habrá que replantearse si no es hora de acabar de una vez con las indemnizaciones desmesuradas por el lado de los trabajadores y con las deducciones, bonificaciones y exenciones de las empresas por el otro. Ni los trabajadores son funcionarios con derecho a plaza fija ni el Estado le debe nada a los empresarios porque hayan decidido aventurarse en un negocio.

Y los bancos y cajas, calladitos, cómo no, por mucho que tengan ganas de tirar cohetes. La ineficiencia es muy cara, y ahí han estado, están y estarán ellos, financiando el despilfarro mientras haya garantías y son los únicos beneficiados de este lamentable estado de cosas. En una economía saneada con unas empresas que se autofinancian, quién los necesita?

Somos un pueblo inmaduro y esto se refleja en la manera en que se gobierna: amenazando y asustando primero, para acabar luego cediendo a caprichos y lloriqueos, con miedo de perder tanto el aura de benefactor munificiente como el amor de los gobernados. Y así llevamos siglos, sin osar ni querer emanciparnos del poder establecido, sin desafiar a Papá Estado. Mientras en el resto de Europa se quitaban de encima la autoridad de Roma y la de los reyes aquí nos pusimos todos de acuerdo (por una vez)  para quitarnos de encima a los franceses. Lástima que lo hiciéramos tan bien y tan rápido, podíamos habernos aprovechado un poco más de la Ilustración.

Claro que, si uno lo piensa, es casi un milagro que hayamos llegado tan lejos con tanto lastre y habiendo empezado tan tarde. Igual aun estamos a tiempo de coger al toro por los cuernos y enderezar la situación. Por lo pronto, parece que lo del caso Urdangarín no se va a quedar en agua de borrajas. No es como cortarle la cabeza al rey (que Dios no lo permita), pero por algo se empieza. Y debería bastarnos. Somos también un pueblo muy imaginativo y una buena alegoría la procesamos divinamente.

domingo, 12 de febrero de 2012

LA ALMENDRA AMARGA

Los investigadores han conseguido dar con un método de diagnóstico precoz del Alzheimer. Mediante el análisis de ciertas proteínas en el líquido raquídeo son capaces de establecer si la persona desarrollará o no la enfermedad en los próximos cinco años.

Esto le da al potencial enfermo la capacidad de tomar por sí mismo decisiones sobre el cuidado de su persona, tratamientos y otras disposiciones cuando aún está en condiciones de hacerlo con  lucidez. Por otra parte, esa posibilidad libera a sus cuidadores de tomar por el enfermo unas decisiones para las que no se sienten cualificados ni autorizados. Por todo ello, este descubrimiento ha sido considerado como un logro, a pesar de que no implica una cura de la enfermedad ni una forma de impedir o retrasar su desarrollo.

Los investigadores se felicitan por este avance porque entienden que el paciente aprovechará para poner en orden sus asuntos y que sus familiares no tendrán que vivir con la angustia de si están haciendo lo correcto o no puesto que las decisiones las habrá tomado el enfermo cuando estaba sano, aunque, en el día a día de los cuidadores, ese es el menor de sus problemas, con todo lo grave que es.

Este optimismo es una clara muestra de cómo ver el vaso medio lleno, en el mejor de los casos, o de cómo los árboles no dejan ver el bosque, en el peor. Me temo que sea lo último. Los investigadores, inmersos como están en sus estudios y cegados por el brillo de su descubrimiento han perdido de vista la realidad.

Y es que es mucho suponer que una persona, tras el anuncio de semejante pronóstico, sea capaz de tomar las decisiones adecuadas con lucidez. La lucidez es algo más que la ausencia de demencia, y desgraciadamente para nosotros es una cualidad rara. Invocarla en un momento de desesperación como ese no deja de ser un delirio cuando normalmente nos las apañamos sin ella la mayor parte del tiempo. Y si uno no se desespera en ese momento porque no sabe nada de la enfermedad tiene cinco largos años por delante para ir acumulando miedo, angustia y estrés.

Por otro lado, la ventaja para los cuidadores tampoco es clara y podría terminar jugando en su contra. Seguro que habrá mucha gente que se sentirá muy aliviada por no tener que tomar decisiones sobre el bienestar de su ser querido y a las que les abruma la responsabilidad de elegir entre varias opciones de tratamiento o de asistencia, cuando las hay. Pero también hay mucha gente que asume esa responsabilidad con la misma disposición con la que un padre decide cuidar y criar a un hijo, tomando las decisiones que haga falta tomar a medida que se vayan requiriendo. Hace lo que hay que hacer. Pero si el enfermo, tan falto de recursos como los cuidadores y los mismos médicos, ha dispuesto en un testamento vital algo que resulta inadecuado, dejará con las manos atadas a la persona que de otra manera podría haber puesto remedio a una situación indeseada.

La responsabilidad puede vivirse como una carga o como una manera de hacerse cargo de una situación. Cuando esa manera surge de nuestra propia auto exigencia ética, nada ni nadie nos podrá liberar de tener que tomar decisiones difíciles. El que nos lo impidan solo empeorará las cosas.

 Los científicos se han apresurado en mostrar su descubrimiento como una mejora en las condiciones de vida de enfermos y cuidadores. Imagino que el no dar con una cura tras tantos años de esfuerzo debe ser muy frustrante. Me pregunto si se dan cuenta de que hoy por hoy recibir un diagnóstico de Alzheimer a cinco años vista equivale a una condena de cinco años en el corredor de la muerte sin posibilidad de indulto. Hay cosas que es preferible no saber y ahora mismo no se me ocurre ninguna mejor que ésta.

sábado, 11 de febrero de 2012

DÍA DE LOS ENAMORA2

Teniendo en cuenta que en el mundo hay 7000 millones de personas podría concluirse que hay que ser muy torpe para andar sin pareja el día de San Valentín. Pero la simple aritmética no basta cuando se trata del amor, ahí nos tenemos que mover en el terreno de los conjuntos borrosos, los límites y las indeterminaciones.

En el dominio de los afectos, uno equivale a cero, pero todavía puede ser peor. Se dan casos en que uno más uno resulta ser también cero y esto sucede cuando en vez de abrazar la unidad positiva lo que hacemos es operar con un negativo camuflado por un paréntesis que no deja ver su auténtica naturaleza. También pueden ocurrir cosas inquietantes, como que dos se conviertan en uno, desapareciendo la esencia de los sumandos en una nueva unidad sin alma.

Lo más común es que uno más uno generen un conjunto cerrado de al menos media docena de elementos entre los que se incluyen suegras, cuñados, amantes y fantasmas del pasado, que a su vez colisionan con otros conjuntos, resultando de la intersección un subconjunto que pone al límite la capacidad integradora de los números iniciales que acaban transformándose en irracionales. La derivada de todo esto suele pasar por el juzgado, que declara abierto el conjunto por reducción al absurdo.

Raras veces ocurre que uno y uno sumen dos, pero cuando sucede nos maravilla la magia de la dualidad y su equilibrio, por eso lo buscamos sin cesar. El problema es que nos solemos perder en el bosque de los números imaginarios y acabamos tropezando una y otra vez con sus tramposas raíces. El único axioma válido en este campo es que son los elementos reales los que cuentan y suman. Lo demás son cuentos y además restan.