Fantasías sobre la realidad y ocurrencias varias







domingo, 21 de mayo de 2017

ESE FISTRO DIODENAL...(*)


Atendiendo a la forma tan deficiente que tenemos de comunicarnos podría pensarse que Jehová  se podía haber ahorrado el jaleo de la Torre de Babel. Debe haber sido una trabajera enorme crear tantísimas lenguas con el propósito de confundirnos cuando lo cierto es que con una sola nos basta y sobra.

Las palabras, desprovistas de contexto y afectividad, no valen sino para engendrar acertijos que nadie resuelve sino por casualidad en el mejor de los casos. En el peor generan malentendidos en los que desperdiciamos un tiempo precioso. Los lingüistas siguen estudiando el fenómeno y yo no tengo nada que aportar al análisis de cómo funciona (o no) el lenguaje. A mí lo que me causa asombro y maravilla es descubrir cómo funcionamos nosotros a pesar de él.

Se me ocurre que las palabras, lejos de ser herramientas útiles, son estorbos que hay que ir apartando hasta llegar a la esencia de la idea, como si en vez de designar algo con certeza solo sirvieran para descartar lo que no es. Y cada vez estoy más convencida de que Platón tenía razón, los universales existen y no aprendemos sino que recordamos, asistidos -o más bien entorpecidos- por un sistema de codificación muy rudimentario.

Lo de “entenderse con una mirada” dice mucho más sobre todo esto que lo que llevo ya escrito. Y dice mucho más sobre la comunicación humana que sobre el significado romántico y sensiblero que a veces se le atribuye, porque ya se sabe que en temas románticos a Platón y a los poetas se les perdona cualquier extravagancia. Y obviamos así el prodigio de que dos personas puedan realmente entenderse si no es porque su conexión trasciende el lenguaje y comparten una realidad, un interés, una esfera fuera del aquí y ahora donde existe la idea a la que ambos se refieren.

En ese lugar las palabras ya no estorban, son juguetes gloriosos y el lenguaje se transforma en metalenguaje. Es el espacio del chiste desternillante, de la poesía que resuena, de la filosofía que incita a cuestionarse la realidad. Es donde verdaderamente nos entendemos. Lamentablemente no pasamos mucho tiempo en esas estancias divinas.

La cotidianeidad impone otro ritmo y relacionarnos con mucha gente a quienes nuestras circunstancias y afectos no interesan lo más mínimo y/o viceversa. Entonces el diálogo de besugos está garantizado. Y el que algo que debería tener consecuencias devastadoras se traduzca con tanta frecuencia sólo en simples inconvenientes es lo que me lleva a terminar concluyendo, como es habitual, que estamos vivos de milagro.
(*) Con permiso del gran Chiquito de la Calzada

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