Fantasías sobre la realidad y ocurrencias varias







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sábado, 9 de septiembre de 2017

SOCIEDAD DE VALORACIONES S.A.




No hace mucho una filósofa me sorprendió afirmando que ética y estética son en el fondo la misma cosa. Decidí aparcar el asunto porque estaba demasiado ocupada para enfrascarme en algo que prometía mucha investigación y reflexión. Pero a veces la realidad te zambulle en aguas profundas sin darte tiempo a coger bastante aire y te obliga a encontrar rápidamente el camino hacia la superficie. Como atajo no está mal, pero yo hubiera preferido ahorrarme el trauma del agua helada y la sensación de ahogo en mi camino hacia la iluminación.


Y lo que he concluido, tras emerger casi sin resuello, es que los valores éticos y estéticos van irremisiblemente de la mano, no podemos desligar nuestra percepción de lo bueno de nuestra percepción de lo bello porque ambos juicios son hechos por el mismo sujeto pensante, que conforma sus juicios en concordancia con lo que conoce, con lo que considera verdad. Cuanto más se ajuste algo a esa verdad tanto mejor o más bello será, de manera que no podemos concebir algo bueno que sea feo, ni algo malo que sea hermoso.


Podemos fantasear todo lo que queramos con la contradicción malo/hermoso o bueno/feo, inventando símiles ingeniosos o recurriendo a la “justicia poética”, que no es sino una segunda injusticia sobre una injusticia originaria, pero en algún momento hay que enfrentar esa contradicción, el proceso dialéctico lo requiere si no queremos quedar atrapados en ella, confundidos o indolentes ante nuestra propia perplejidad.

Y es que la contradicción es la prueba del ácido para nuestro criterio, para evaluar si lo que consideramos verdad y con lo que estamos midiendo todo lo demás es correcto o no. Si tenemos suerte y el suficiente coraje es ahí donde admitimos que nos faltaba tal o cual pieza de información, o que estábamos totalmente equivocados, y resurgimos con un conocimiento más perfeccionado, con una síntesis que nos ayuda a mejor comprender, con una verdad propia más capaz de mejor servirnos de criterio.

El trauma que propició mi esclarecimiento arrancó cuando supe del caso de la empleada de Tinsa. Como no era poca la conmoción  causada por su atroz comentario en seguida se vino a sumar la del no menos atroz titular -con foto incluida de la ahora ex-empleada- de un medio de comunicación refiriéndose a ella como “esta cosa”. La redacción del medio en cuestión –que es quien firma el titular- ha dejado bien claro en el mismo su escala de valores -su verdad para juzgar la realidad- con su patente adhesión al criterio ético/estético siguiente: las gordas son feas y malas.

Una proposición aberrante que me persigue implacable desde hace dos días y que ha abierto la puerta a comentarios no menos indeseables que la gente publica haciendo el mismo alarde de falta de pudor que la susodicha y que el medio en cuestión permite sin ningún tipo de cortapisas. Imagino que por la simple regla de tres que dice que “si ella puede decir barbaridades, nosotros también” (pero desde el anonimato, no vaya a ser que nos despidan, o desde la redacción del medio, que no se puede despedir a sí misma). Pero se equivocan. En este estado de cosas nadie está a salvo. Ni ellos, ni usted, ni yo.

 

domingo, 2 de julio de 2017

LA ETICA DE LA PICONERA







No hace mucho me embarqué en un curso online sobre ética de la Universidad de Lausana, creado por dos miembros de su facultad de empresariales y económicas, uno profesor de ética empresarial  y el otro de teoría de decisiones. El título del curso era Unethical decision making in organizations. Parecía interesante y me moría de curiosidad por saber a qué clavo ardiendo se iban a agarrar los directivos de las organizaciones en un mundo devastado por la codicia sin escrúpulos que la “nueva economía” nos legó. Un páramo ético donde ni las flores del mal osan brotar porque hasta para ser malo, lo que se dice malo, hace falta inteligencia y ponerla al servicio de los valores contrarios a los que proclamamos como buenos. Y algo de eso hay, pero la mayor parte del problema es fruto de la inconsciencia, sabiamente explotada por los malos de verdad.


El huracán de capitalismo salvaje que se desató en los ochenta (la única regla era que no había reglas, ¿se acuerdan?) mandó a paseo los valores y se centró en la estrategia de ganar dinero a cualquier precio. El colapso de este desenfreno llegó allá por 2009 y todavía no nos hemos recuperado. Hasta aquí la nota histórica, por si me está leyendo algún menor sin filtros parentales.


Hoy se ha invertido la tendencia, lo de hacerse asquerosamente rico de la noche a la mañana y pregonarlo con orgullo ya no se lleva, ahora vuelve a estar de moda la modestia y lo que se busca de cara a la galería (porque de puertas adentro sigue siendo el dinero) es respetabilidad. Cualquier organización que se precie, a parte de una visión y una misión, tiene que tener una política de responsabilidad social, aunque se limite a patrocinar al equipo de balonmano del barrio, el caso es ser percibido como un benefactor de la comunidad y hacerse perdonar lo de ganar dinero, que ahora es de muy mal gusto y sólo lo hacen los criminales.
En un contexto así urge encontrar la forma de evitar a toda costa la mala imagen que un fraude, malversación, abuso o enchufismo puede acarrear, pero como los humanos somos como somos y no tenemos remedio -al menos en el corto plazo(*)-  la solución pasa por blindar a las organizaciones con un sinfín de protocolos, medidas, contramedidas, decálogos, comités y auditores contra las decisiones desacertadas de los mismos humanos que las manejamos. El mecanismo no es nuevo, se llama burocracia y está comprobado que funciona. De una manera perversa, pero funciona. Aunque sólo sea por la dificultad añadida de tener que sortear todo el laberinto administrativo.
Pero me estoy desviando. Las organizaciones, por mucho que les demos una personalidad jurídica, un número de identificación fiscal, estatutos y decálogos éticos no tienen alma. Ni sienten ni padecen ni se avergüenzan de su comportamiento. La ética solo atañe al ser humano, al que toma las decisiones, correctas o incorrectas, a sabiendas o no. Y es aquí donde reside la novedad en el enfoque que el curso preconiza. Un enfoque que todavía me tiene perpleja. No soy capaz de decidir si es un producto de la psicología new age, cargado de comprensión y amor universal, o un intento sibilino de excusar lo inexcusable y echarle la culpa al sistema (chivo expiatorio de primera opción allá por los setenta, cuando la crisis del petróleo y el reflujo de los sesenta dejaron al descubierto los estropicios de un desarrollismo mal planificado).
El curso pretende alertar sobre cómo el contexto de la organización (con la fuerte presión que puede ejercer) y la estrechez de miras pueden llevar a personas honestas y con principios a actuar de forma poco ética. El énfasis se pone no en las “manzanas podridas” sino en las sanas y explica divinamente las mil y una formas en las que éstas se pueden malear. Desde el miedo a las represalias hasta el efecto perverso de las rutinas pasando por la presión de los pares y el mismo estrés, ejemplificado con famosos estudios de psicología y sonados casos empresariales, todo se reduce a explicar cómo surge lo que ellos denominan ceguera ética.
Hasta aquí todo muy bien. El problema lo tengo en la forma de tratar un caso de corrupción bajo este enfoque. Y es que el concepto de ceguera ética me parece sumamente peligroso, por mucho que sea acertado. Convendría buscar otra manera de llamar a la causa de tales errores, de otra forma lo que se propicia es eludir la responsabilidad con el apoyo impagable del lenguaje y su carga emocional.
Porque no es lo mismo decir  “te has portado como un sinvergüenza” que “has sufrido un episodio de ceguera ética” o mejor todavía: “eres VICTIMA de un caso severo de ceguera ética”, que podría llegar incluso a un “perdónanos por haberte forzado a traicionar tus valores, toma tu indemnización, tu incapacidad permanente por enfermedad profesional, una pluma de regalo y no nos demandes, por favor”. Y aquí lo único que ha pasado es que la organización no ha sabido prever o corregir las anomalías y el causante del estropicio se queda tan ancho y se va cantando aquello de  por tu culpa culpita yo tengo negro negrito mi corazón…


(*) lo que dura una legislatura (cuatro años) o la revisión del interés de la hipoteca (un año), horizontes temporales que no dan ni para empezar a enseñar a hablar a un niño con propiedad, conque quítame allá lo de transformarlo en ciudadano si no lo trae aprendido de casa cuando se incorpora a la polis



martes, 28 de enero de 2014

UNPLUGGED

Silencio de radio. Como si una sordomudez absoluta se hubiera apoderado del universo. Ni si quiera se oye el crepitar de un ruido de fondo. Es el mundo envasado al vacio y ningún sonido reverbera en ninguna parte. La nada se desliza devorando ecos y extinguiendo resonancias. Y, como en el cuadro de Munch, todo se reduce al fantasma de un grito horrorizado, que ni siquiera puede oir quien lo profiere. Otra capa de tiniebla con la que amortajar el alma.

domingo, 14 de abril de 2013

EL CIELO DE ABRIL

Parecía que no iba a llegar nunca, pero al final la primavera se ha dignado a hacer acto de presencia tras unos tímidos conatos en el mes de marzo de los que ya una ni se acuerda porque quedaron empañados por nevadas y lluvias sin tino.
Pareciera además que la tardanza ha cogido desprevenida a la naturaleza toda, porque los arbustos no saben si florecer o esconderse tras ellos mismos, abochornados por el despropósito de unos brotes retardados a causa de las heladas. Los pájaros no saben si trinar o estornudar, porque el polen ha salido todo de golpe y a traición y las abejas andan despistadas intentando libar cualquier cosa que no sea de color gris.
Esta primavera viene arrebatada pero no con sus habituales ínfulas. Viene cabreada y vengativa porque le han birlado impunemente sus primicias, porque los corderos se han muerto de frío y la lavanda se niega a florecer.
Y de repente el cielo se abre esparciendo luz y calor sobre una tierra agotada esperando que ella obre su milagro de siempre. Casi se la oye gritar: "Te crees que todo esto se hace solo?!"
 
 El cielo de abril, poniendo cara de no tener culpa de nada.

domingo, 27 de mayo de 2012

LA CASA DEL BAOBAB


Había una vez una casa en una isla perdida en cuyo patio se erguía un asombroso baobab. En primavera las mariposas revoloteaban alrededor de sus flores mientras el agua de la fuente cercana borboteaba alegre y melodiosa. Bajo sus ramas se congregaban cuenta cuentos, músicos, pintores, bailarines, cineastas, filósofos, poetas y sabios que compartían sus dones con todo el que se acercaba.


Poco a poco, la gente fue conociendo lo que sucedía a la sombra del baobab y empezó a comprender que no todo eran leones feroces y despiadados, ni polvorientas y mortíferas sequías, ni devastadoras enfermedades, ni pavorosas hambrunas. Y a la sombra del baobab se dieron cuenta de que había alegría en vez de desolación, sueños en vez de pesadillas y esperanza en vez de derrota.


Me cuentan que la casa ha cambiado de dueño y que ahora bajo el insigne árbol se reúnen los comerciantes vociferando su mercancía usurpando el lugar de los griots, empujándolos de nuevo a la sabana calcinada y acaparando toda la sombra para instalar sus tenderetes. Dicen que son los dueños del agua que lo riega y que por tanto les pertenece. Pero sus hojas están mustias y las mariposas se han ido.


Un día ellos también se irán en busca de otro árbol más frondoso bajo el que cobijarse y al que tampoco sabrán cantar la canción adecuada. Entonces el baobab florecerá de nuevo. Cuando cese la estridencia de los mercaderes, volverá el verdor a enseñorearse del desierto. No por nada son míticas sus raíces.

domingo, 12 de febrero de 2012

LA ALMENDRA AMARGA

Los investigadores han conseguido dar con un método de diagnóstico precoz del Alzheimer. Mediante el análisis de ciertas proteínas en el líquido raquídeo son capaces de establecer si la persona desarrollará o no la enfermedad en los próximos cinco años.

Esto le da al potencial enfermo la capacidad de tomar por sí mismo decisiones sobre el cuidado de su persona, tratamientos y otras disposiciones cuando aún está en condiciones de hacerlo con  lucidez. Por otra parte, esa posibilidad libera a sus cuidadores de tomar por el enfermo unas decisiones para las que no se sienten cualificados ni autorizados. Por todo ello, este descubrimiento ha sido considerado como un logro, a pesar de que no implica una cura de la enfermedad ni una forma de impedir o retrasar su desarrollo.

Los investigadores se felicitan por este avance porque entienden que el paciente aprovechará para poner en orden sus asuntos y que sus familiares no tendrán que vivir con la angustia de si están haciendo lo correcto o no puesto que las decisiones las habrá tomado el enfermo cuando estaba sano, aunque, en el día a día de los cuidadores, ese es el menor de sus problemas, con todo lo grave que es.

Este optimismo es una clara muestra de cómo ver el vaso medio lleno, en el mejor de los casos, o de cómo los árboles no dejan ver el bosque, en el peor. Me temo que sea lo último. Los investigadores, inmersos como están en sus estudios y cegados por el brillo de su descubrimiento han perdido de vista la realidad.

Y es que es mucho suponer que una persona, tras el anuncio de semejante pronóstico, sea capaz de tomar las decisiones adecuadas con lucidez. La lucidez es algo más que la ausencia de demencia, y desgraciadamente para nosotros es una cualidad rara. Invocarla en un momento de desesperación como ese no deja de ser un delirio cuando normalmente nos las apañamos sin ella la mayor parte del tiempo. Y si uno no se desespera en ese momento porque no sabe nada de la enfermedad tiene cinco largos años por delante para ir acumulando miedo, angustia y estrés.

Por otro lado, la ventaja para los cuidadores tampoco es clara y podría terminar jugando en su contra. Seguro que habrá mucha gente que se sentirá muy aliviada por no tener que tomar decisiones sobre el bienestar de su ser querido y a las que les abruma la responsabilidad de elegir entre varias opciones de tratamiento o de asistencia, cuando las hay. Pero también hay mucha gente que asume esa responsabilidad con la misma disposición con la que un padre decide cuidar y criar a un hijo, tomando las decisiones que haga falta tomar a medida que se vayan requiriendo. Hace lo que hay que hacer. Pero si el enfermo, tan falto de recursos como los cuidadores y los mismos médicos, ha dispuesto en un testamento vital algo que resulta inadecuado, dejará con las manos atadas a la persona que de otra manera podría haber puesto remedio a una situación indeseada.

La responsabilidad puede vivirse como una carga o como una manera de hacerse cargo de una situación. Cuando esa manera surge de nuestra propia auto exigencia ética, nada ni nadie nos podrá liberar de tener que tomar decisiones difíciles. El que nos lo impidan solo empeorará las cosas.

 Los científicos se han apresurado en mostrar su descubrimiento como una mejora en las condiciones de vida de enfermos y cuidadores. Imagino que el no dar con una cura tras tantos años de esfuerzo debe ser muy frustrante. Me pregunto si se dan cuenta de que hoy por hoy recibir un diagnóstico de Alzheimer a cinco años vista equivale a una condena de cinco años en el corredor de la muerte sin posibilidad de indulto. Hay cosas que es preferible no saber y ahora mismo no se me ocurre ninguna mejor que ésta.